Terra Libris

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Location: Argentina

Wednesday, December 20, 2006

Y a eso llamamos vivir

Hoy es un día de esos. Viernes. La compactera del computador central está para un jonrón, y mi clima dice que las bailarinas de la noche volvieron a casa gastadas y cansadas de tanto anís. Cosas del Verano Negro en una B.A. que se resiste a dejar de quererme; es que uno se acostumbra a los males y no puede dejarlos tan fácil. Al final terminan gustando; ya sabemos que después de los treinta...

Todo es relativo y la realidad es una construcción aparente. Soñar con Harleys no es ser un hot-rod de mil demonios, pero cuando en el sueño manejás envuelto en una armadura medieval dispuesto a perpetrar la noche más larga, el día mas estéril... entonces algo pasa, y este Viernes viene a ser un día de esos. Mucho anís en las chicas de la noche, mucho vodka colado en los pulmones de un psico-thriller cansado de deambular. Hoy es un día de esos. Un fucking día de esos.

Pero no. La corbata vuelve a ajustar con sus manías de seda. Y eso que es viernes cool y casual day. La movida de estas playas pasa por ciertos cartones deja-vù que empastan la mirada, cierran los oídos y turulecan las palabras que podrían salvarte. El cliente pone su carta sobre la mesa y eso es todo: jirones de personal corriendo tras la sonrisa sin mirada sostenida. La revolución quedó atrás, con la cara del Che flotando en la costilla izquierda de un Mike Tyson incapaz de llenar un miserable MGM. El cliente vuelve a la sonrisa cínica, seguro del funcionamiento del customer service.

Todo lo que necesito es un Jaguar V-12 convertible con turbo-booster y una chica a mis espaldas que me arañe la oreja mientras de frente pasa esa caravana interminable de gente gris. Y yo tan luminoso, subido a mi Jaguar V-12 con mi chica arañándome la oreja.
Me están molestando: ya conseguí ser un lago poco profundo con una capa de hielo encima, creo haber rendido la última materia, sabérmelas todas, haber leído el diario en el orden correcto. Pero siempre aparecen esas motos con sus luces prendidas, y mi chica las mira y entonces el mundo parece un lugar un tanto más hostil.
Compro otra corbata de Kenzo y las cosas están un poco mejor, mi chica sigue rascándome la oreja desde atrás y ya no me importa adonde mire. Creo que es mejor así. El viento molesta un poco, el frío de Atacama se acerca cuando cae el sol. Piedras.

(Chicas que arañan orejas sentadas en asientos de cuero. Para qué. Me bajo acá y elijo acodarme en la barra, de espaldas a la pista mientras un travesti me sirve ese otro vodka que ahoga mi mirada. Las chicas toman anís. No respondo a esa mano que araña mi oreja. Escucho merengue sin poder bailarlo; algo habré hecho).

Ya te dije: hoy es un día de esos: el botón del mouse está ready for this, con la flechita molesta raspando el delete. Pero sigo en la armadura medieval, con la rueda de adelante en el aire mientras el equilibrio se mantiene a pesar mío, como en un sueño. Quizás estemos hablando de eso, preocupándonos como si todo fuera algo más.
Después no quedan ideologías. Solo un recuerdo bastante deformado en la cabeza de algún otro que nos construye a su antojo, según pasan los años.
Y a eso le llamamos vivir.

No God

No good.
De chicos podíamos encontrarnos en Corrientes y aquello era una fiesta. Ugis vendía lo necesario a dos pesos y los policías bailaban la ronda para nosotros. Casi se agradecían sus miradas; éramos los peores y no lo sabíamos. El tiempo fue carcomiendo las emociones, dejándolas en fotos descoloridas y vagos pensamientos sobre si aquello fue mejor o si lo mejor es dolarizar la economía.

No good.

Mi monitor de 17 pulgadas ilumina el escritorio. La Scenic Pro D6 delata cada finger-move; son 300 MHz de pastillas para poner orden en un wok que no comprendo, que ya no interesa. La ventana me devuelve las campanas quietas del Consejo y yo apacible veo como ya no te encuentro en Corrientes y Paraná. Los 300 MHz me ayudan a correr mientras Godzilla respira en mi ventana del séptimo piso.
Y pienso en la lluvia que no llega.

Las grúas de treinta ejes inauguran catedrales para los nuevos infieles: los que repiten be cool mientras se enfrían más y más cada hora, mientras el rugido del poeta maldito se ahoga entre la música y las caretas de un carnaval de cuarta.

No good.

Pero lo siento: este no es el final. Nuevas hordas de conductores se gestan en el vientre de la ballena mediática, nuevos saludos con 0% de colesterol y vitamina enfatizada con el dulce trago de la sonrisa fácil. Too much: vuelvo al vaso puro y duro y me apoyo en el fondo del pozo a esperar que pase la tormenta.
Y pienso en la lluvia que no llega.
No God.

Monday, October 16, 2006

Y el viaje

-¿Y el viaje? –le pregunté distraído.
-El viaje era para volver.

Él no estaba en el viento. El casco y el cuero duro lo aislaban por un rato del corazón de la tormenta. El polvo volaba y se metía meticuloso entre las costuras de la campera, pero él no estaba en el viento. Pasaba a través de el. Quiso sentirse solo y no pudo. El clamor de las voces que dejaba atrás no le permitieron tal gracia: una sola de nuestras cuentas impagas y listo, nunca más un rato para estar solo con el viento, para sentirse viento.

La moto seguía haciendo magia entre el equilibrio. El silbido y las vibraciones no dejaban espacio para escuchar el motor. La sola presencia del tacómetro en el tablero decía que estaba girando a cinco mil vueltas y eso alcanzaba, de alguna manera el movimiento era posible y eso era parte de la magia. Podría no haber motor entre las piernas y las cosas no hubieran sido menos reales.

Harto del silencio y del ruido paró en un lugar imposible. Lo miraron; pidió un café. No tenía el mejor de los peinados.

Y eso es todo o casi todo. Una serie de etapas casi iguales que se repiten por un par de miles de kilómetros. Cada etapa difiere de la anterior en un detalle: un pasto un poco más verde, un cierto remolino diferente en el agua que corre. En la próxima quizás no muera aquel insecto.

Tampoco esta vez hubo merchandaising de turista. Tampoco palmeras ni bronceadores ni esquíes ni museos. Nada para contar y nada para que devoren los coleccionistas de agendas. Solamente un par de etapas suavemente diferentes y trabajosamente distinguibles. Solamente la repetición de algunos rituales sin origen cierto: aceite, aire, nafta. Solamente la construcción de la identidad de un hombre a través de kilómetros de asfalto.

-¿Y el viaje? –le pregunté distraído.
-El viaje era para volver –me dice. Y ya no habla, como si ya no fuera el mismo.

Saturday, September 09, 2006

Ojalá

Ojalá que el mar se corra al ver tus pisadas,
que no tengas Domingos calmos de lluvias buenas,
que nadie pronuncie tu nombre ni siga tus pasos.
Ojalá no te enamores bastante.
Y que tu té este siempre frío y tu cabeza ardiendo.
Y que nadie te tape de noche.
Ojalá se te acabe la mirada.
Ojalá que conozcas el frío y el tiempo que no pasa.
Ojalá te pierdas en el desierto. Ojalá seas ignorado.
Que nunca te sople el viento en la cara, que las cenizas sean tu compañía y los perros escapen de tu presencia.
Ojalá quedes solo. Ojalá te pase ser el último.
Ojalá que nunca tengas escalofríos. Ojalá no te emociones.
Ojalá que tus caricias sean menos que estas palabras.

Monday, May 01, 2006

No siempre es posible transformar los fracasos en un puedo ver mas alla. Siempre hay un dia nublado para darse cuenta.
Mientras tanto, los sonidos euro-dance de costumbre aturden y dejan filtrar letras salvajes:

Someday - May our souls embrace again
Please believe me
Just lay your hand on my heart
Someday - No time to say good-bye
And if we touch our hands...

Si todo esto fuera verdad, este blog no tendría sentido. Afortunadamente.

Tuesday, January 10, 2006

Carrocerias de aluminio

La combi va casi vacía. Es blanca, como todas, y la lluvia calma que cae le corre por los vidrios negros. El hombre mira desde adentro el escenario de la General Paz: un caos ordenado de autos y motos que corren en silencio. Entre la alfombra que tapiza el interior, saliendo de una FM blanda, suena una negra que repite todo el tiempo que quiere solamente a su hombre.
Hace rato que un Audi se puso al lado de la combi. Es un Audi A8 con carrocería de aluminio. Está pintado de azul perlado, y la lluvia calma que cae le corre por los vidrios negros. Parece otro Audi más, pero el hombre sabe que abajo de la pintura hay una carrocería de aluminio.
La negra sigue cantando que quiere solamente a su hombre. El sigue mirando por la ventanilla las ruedas del Audi que giran exactas sobre rodamientos invisibles y se pregunta cuánta gente que lo mira sabe que tiene carrocería de aluminio. Mira el acrílico del guiño, el cromado del escudo, el juego de formas de las llantas cuando giran. Piensa en la negra que dice que quiere solamente a su hombre, piensa en la carrocería del Audi y piensa que la gente es como el auto: una pintura azul perlada que esconde, a veces, una carrocería especial, de aluminio.
La curva le dá ventaja al Audi que se pierde entre tantos autos. Nuestro hombre queda con la vista perdida en algún punto entre las gotas de la ventanilla y el horizonte. Piensa en su propia carrocería de aluminio; piensa en la espesa capa de pintura que lo cubre.
La negra dice, una vez mas, que quiere solamente a un hombre. Y que ese hombre no es él.

Thursday, January 05, 2006

Lo de siempre

Dicen los testigos que casi ni se miraron; los ojos de él tocaban en la penumbra la mirada de ella, esquivándola.
La pista bailaba o simulaba que bailaba. Ellos se ignoraban sabiéndose.
-Molestala- insistió su amigo.
-No- dijo lentamente.
Las pantallas regalaban sonrisas grandes y sexo fácil. Igual que la pista.
-No- repitió.
El esperó alguna puerta. Los viejos zorros de la noche saben esperar. Cuentan que el chico de la remera blanca era uno de esos zorros.
No queda claro como fue que empezó todo, lo cierto es que se los vió sentados, lejos de la pista.
Ella estaba resplandeciente; aunque dijo no ofrecer su mejor perfil.
El estaba en configuración básica, con su remera blanca.
Se estaban midiendo sin admitirlo. Se estaban pensando.
Hablaron hasta que terminó la noche. El chico de la remera blanca intuyó que la volvería a ver. Sabía esperar. Tenía su teléfono.
Se despidieron en la barra, él se quedó un rato más.
El barman sirvió lo de siempre.
El segundo vodka caería mejor.

I'm a looser, baby...

En su walkman psíquico-virtual sonaba insistente una melodía distorsionada. Beck cantaba "I'm a looser baby..." y el hombre entraba al bar de siempre como era su costumbre, perdiendo. Un par de llamados a su movicom de los noventa lo habían puesto sobre aviso: hoy no era su día, había metido la corbata hasta el nudo en la salsa. Y encima la salsa estaba ácida.
Pero el tipo es Humprey Bogart, como ya sabemos, y el papel le gusta y le cuadra. Iba con un libro de poemas malditos bajo el brazo cuando entró al bar.
Estaba claro que la morocha no aparecería nunca más. En estas cosas el hombre nunca se equivocaba.
Se acodó en la barra y miró desafiante al mundo. Se sentía seguro. Estaba en su lugar.
Pensó en la morocha, en la recepcionista, en la camarera que lo había atendido; pensó en la amiga de su ex. Dejó de pensar (intuyo que hastiado) y empezó a vivir. Arrancaba la noche.
En su cabeza sonaba insistente una melodía distorsionada.

Trance

La cámara de vigilancia apunta al directo de tu sien. Entonces bailás. Reunido en la tribu, las miradas en círculos, bailás. Los graves tambores que te obligan al trance. Todo es eso: reunirse en círculos, tocar los tambores, bailar la bebida psicoactiva. Todos solos en la tribu, todos mirando para adentro el abismo de la angustia. Y afuera suenan los tambores, la marcha interminable de los hombres de color. El recicle ciudadano de los viejos ritos indígenas. Bailás. Los ojos cerrados. El cuerpo esponjoso. Las manos cerradas en torno al vaso. Los oídos lacerados por los 120 beats per minute. Solo. Oscuro y desesperado. Sonriendo.
Las pantallas te entregan mujeres hermosas, hombres valientes, perros infieles y árboles en llamas. Tu comida se enfría en el plato más atroz. Solo en la barra, le contás a la chica de los brillantes aquella historia de las múltiples mutilaciones, del dolor enajenante que te come el alma. No te escucha. Los flashes robaron su cuerpo dejando una figura insensible, una tecnomadre estéril echada a perder. Tu rueda se despeña hacia el precipicio.
Afuera empieza a llover.