Y el viaje
-¿Y el viaje? –le pregunté distraído.
-El viaje era para volver.
Él no estaba en el viento. El casco y el cuero duro lo aislaban por un rato del corazón de la tormenta. El polvo volaba y se metía meticuloso entre las costuras de la campera, pero él no estaba en el viento. Pasaba a través de el. Quiso sentirse solo y no pudo. El clamor de las voces que dejaba atrás no le permitieron tal gracia: una sola de nuestras cuentas impagas y listo, nunca más un rato para estar solo con el viento, para sentirse viento.
La moto seguía haciendo magia entre el equilibrio. El silbido y las vibraciones no dejaban espacio para escuchar el motor. La sola presencia del tacómetro en el tablero decía que estaba girando a cinco mil vueltas y eso alcanzaba, de alguna manera el movimiento era posible y eso era parte de la magia. Podría no haber motor entre las piernas y las cosas no hubieran sido menos reales.
Harto del silencio y del ruido paró en un lugar imposible. Lo miraron; pidió un café. No tenía el mejor de los peinados.
Y eso es todo o casi todo. Una serie de etapas casi iguales que se repiten por un par de miles de kilómetros. Cada etapa difiere de la anterior en un detalle: un pasto un poco más verde, un cierto remolino diferente en el agua que corre. En la próxima quizás no muera aquel insecto.
Tampoco esta vez hubo merchandaising de turista. Tampoco palmeras ni bronceadores ni esquíes ni museos. Nada para contar y nada para que devoren los coleccionistas de agendas. Solamente un par de etapas suavemente diferentes y trabajosamente distinguibles. Solamente la repetición de algunos rituales sin origen cierto: aceite, aire, nafta. Solamente la construcción de la identidad de un hombre a través de kilómetros de asfalto.
-¿Y el viaje? –le pregunté distraído.
-El viaje era para volver –me dice. Y ya no habla, como si ya no fuera el mismo.

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