Trance
La cámara de vigilancia apunta al directo de tu sien. Entonces bailás. Reunido en la tribu, las miradas en círculos, bailás. Los graves tambores que te obligan al trance. Todo es eso: reunirse en círculos, tocar los tambores, bailar la bebida psicoactiva. Todos solos en la tribu, todos mirando para adentro el abismo de la angustia. Y afuera suenan los tambores, la marcha interminable de los hombres de color. El recicle ciudadano de los viejos ritos indígenas. Bailás. Los ojos cerrados. El cuerpo esponjoso. Las manos cerradas en torno al vaso. Los oídos lacerados por los 120 beats per minute. Solo. Oscuro y desesperado. Sonriendo.
Las pantallas te entregan mujeres hermosas, hombres valientes, perros infieles y árboles en llamas. Tu comida se enfría en el plato más atroz. Solo en la barra, le contás a la chica de los brillantes aquella historia de las múltiples mutilaciones, del dolor enajenante que te come el alma. No te escucha. Los flashes robaron su cuerpo dejando una figura insensible, una tecnomadre estéril echada a perder. Tu rueda se despeña hacia el precipicio.
Afuera empieza a llover.
Las pantallas te entregan mujeres hermosas, hombres valientes, perros infieles y árboles en llamas. Tu comida se enfría en el plato más atroz. Solo en la barra, le contás a la chica de los brillantes aquella historia de las múltiples mutilaciones, del dolor enajenante que te come el alma. No te escucha. Los flashes robaron su cuerpo dejando una figura insensible, una tecnomadre estéril echada a perder. Tu rueda se despeña hacia el precipicio.
Afuera empieza a llover.

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