Terra Libris

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Location: Argentina

Tuesday, January 10, 2006

Carrocerias de aluminio

La combi va casi vacía. Es blanca, como todas, y la lluvia calma que cae le corre por los vidrios negros. El hombre mira desde adentro el escenario de la General Paz: un caos ordenado de autos y motos que corren en silencio. Entre la alfombra que tapiza el interior, saliendo de una FM blanda, suena una negra que repite todo el tiempo que quiere solamente a su hombre.
Hace rato que un Audi se puso al lado de la combi. Es un Audi A8 con carrocería de aluminio. Está pintado de azul perlado, y la lluvia calma que cae le corre por los vidrios negros. Parece otro Audi más, pero el hombre sabe que abajo de la pintura hay una carrocería de aluminio.
La negra sigue cantando que quiere solamente a su hombre. El sigue mirando por la ventanilla las ruedas del Audi que giran exactas sobre rodamientos invisibles y se pregunta cuánta gente que lo mira sabe que tiene carrocería de aluminio. Mira el acrílico del guiño, el cromado del escudo, el juego de formas de las llantas cuando giran. Piensa en la negra que dice que quiere solamente a su hombre, piensa en la carrocería del Audi y piensa que la gente es como el auto: una pintura azul perlada que esconde, a veces, una carrocería especial, de aluminio.
La curva le dá ventaja al Audi que se pierde entre tantos autos. Nuestro hombre queda con la vista perdida en algún punto entre las gotas de la ventanilla y el horizonte. Piensa en su propia carrocería de aluminio; piensa en la espesa capa de pintura que lo cubre.
La negra dice, una vez mas, que quiere solamente a un hombre. Y que ese hombre no es él.

Thursday, January 05, 2006

Lo de siempre

Dicen los testigos que casi ni se miraron; los ojos de él tocaban en la penumbra la mirada de ella, esquivándola.
La pista bailaba o simulaba que bailaba. Ellos se ignoraban sabiéndose.
-Molestala- insistió su amigo.
-No- dijo lentamente.
Las pantallas regalaban sonrisas grandes y sexo fácil. Igual que la pista.
-No- repitió.
El esperó alguna puerta. Los viejos zorros de la noche saben esperar. Cuentan que el chico de la remera blanca era uno de esos zorros.
No queda claro como fue que empezó todo, lo cierto es que se los vió sentados, lejos de la pista.
Ella estaba resplandeciente; aunque dijo no ofrecer su mejor perfil.
El estaba en configuración básica, con su remera blanca.
Se estaban midiendo sin admitirlo. Se estaban pensando.
Hablaron hasta que terminó la noche. El chico de la remera blanca intuyó que la volvería a ver. Sabía esperar. Tenía su teléfono.
Se despidieron en la barra, él se quedó un rato más.
El barman sirvió lo de siempre.
El segundo vodka caería mejor.

I'm a looser, baby...

En su walkman psíquico-virtual sonaba insistente una melodía distorsionada. Beck cantaba "I'm a looser baby..." y el hombre entraba al bar de siempre como era su costumbre, perdiendo. Un par de llamados a su movicom de los noventa lo habían puesto sobre aviso: hoy no era su día, había metido la corbata hasta el nudo en la salsa. Y encima la salsa estaba ácida.
Pero el tipo es Humprey Bogart, como ya sabemos, y el papel le gusta y le cuadra. Iba con un libro de poemas malditos bajo el brazo cuando entró al bar.
Estaba claro que la morocha no aparecería nunca más. En estas cosas el hombre nunca se equivocaba.
Se acodó en la barra y miró desafiante al mundo. Se sentía seguro. Estaba en su lugar.
Pensó en la morocha, en la recepcionista, en la camarera que lo había atendido; pensó en la amiga de su ex. Dejó de pensar (intuyo que hastiado) y empezó a vivir. Arrancaba la noche.
En su cabeza sonaba insistente una melodía distorsionada.

Trance

La cámara de vigilancia apunta al directo de tu sien. Entonces bailás. Reunido en la tribu, las miradas en círculos, bailás. Los graves tambores que te obligan al trance. Todo es eso: reunirse en círculos, tocar los tambores, bailar la bebida psicoactiva. Todos solos en la tribu, todos mirando para adentro el abismo de la angustia. Y afuera suenan los tambores, la marcha interminable de los hombres de color. El recicle ciudadano de los viejos ritos indígenas. Bailás. Los ojos cerrados. El cuerpo esponjoso. Las manos cerradas en torno al vaso. Los oídos lacerados por los 120 beats per minute. Solo. Oscuro y desesperado. Sonriendo.
Las pantallas te entregan mujeres hermosas, hombres valientes, perros infieles y árboles en llamas. Tu comida se enfría en el plato más atroz. Solo en la barra, le contás a la chica de los brillantes aquella historia de las múltiples mutilaciones, del dolor enajenante que te come el alma. No te escucha. Los flashes robaron su cuerpo dejando una figura insensible, una tecnomadre estéril echada a perder. Tu rueda se despeña hacia el precipicio.
Afuera empieza a llover.